lunes, 5 de agosto de 2013

RAFAEL GONZÁLEZ SERRANO
















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José Luis Nieto Aranda
Raúl Nieto de la Torre
José Luis Fernández Hernán
Paco Moral
Eduardo Merino
Antonio J. Quesada Sánchez
Rafael Soler
Antonio Cubelos Marqués
 


Bio-bibliografía

Rafael González Serrano (Madrid, 1955). Realiza estudios de Telecomunicaciones en la Universidad Politécnica de Madrid, y de Filología Hispánica e Historia Antigua en la Universidad Complutense. Se dedica profesionalmente a la enseñanza. Desde 1980 ejerce como profesor titular en la especialidad de Tecnología Electrónica, y en 1997 obtiene la cátedra de Sistemas Electrónicos. Es autor de los siguientes poemarios: Presencias figuradas (2006, Vitruvio), Manual de fingimientos (2008, Vitruvio), Insistir en la noche (2010, Vitruvio) y Mapa del laberinto (2011, Celesta). Ha publicado también una novela: Siempre la feria (2012, Celesta), y traducido a Valéry y Cummings. Hace dos años escasos fundó la Editorial Celesta, dedicada a la creación literaria. Mantiene los blogs: http://ragonserrano.blogspot.com.es/ (De turbio en claro) y http://deturbioenclaro.blogspot.com.es/
(Editorial Celesta).



Poética

Concibo la poesía más que como una forma expresiva como un método de conocimiento. Un método que no necesariamente utiliza la lógica (aunque tampoco la descarte) sino la intuición, asistida por la capacidad de asombro, la atenta escucha, la mirada expectante y la iluminación casual. Por tanto, no es un método científico-racional, y a la observación –de lo íntimo y lo ajeno– no tiene porque seguir la línea hipótesis-experimentación-conclusiones, sino una pluralidad de caminos alentados por el misterio y el temblor de los sentidos. Y esa ansia de saber (podíamos decir que irracional) tanto nuestra interioridad como el mundo exterior, y sus múltiples conexiones y conflictos, es el que alienta y fecunda la creación en cualquier ámbito, ya sea temporal o espacial: colores, notas o lenguaje como instrumentos de un conocimiento entre el hallazgo y la fuga.  



Poemas



                   
                        XII

Reinvéntate inacabable en ese mapa
(mundo plural de representaciones)
dibujado sobre la sutil piel de tus sueños;
que no te cubra esa piedra inmóvil,
esa tirana noche a quien decimos yo.
Todo ser debe exigir su derecho
–mudable camaleón– al traje urdido
para la función cada día novedosa,
para el vino del éxtasis ante la forma definida,
que al imprimir el delirio al continente
acaba con su pretensión de inmutable.
No somos el diamantino ser de la muerte,
sino la voluble imagen que baila
en la proyección, sobre el ambiguo vacío,
del encendido pábilo del deseo,
y que un céfiro o un bóreas mueve,
desdibuja, distorsiona, creando miríadas
de formas imposibles a la razón.
Que no te cubra esa larga noche
del único sentido, de la ley señora y déspota;
que no te envisque en lo indeseable,
en la contradicción que aboca al desatino.
Gire la rueda deteniendo su aguja
en lo que será tu próximo disfraz.
Esquiva la tentación del lugar único;
saluda el agua de vida que modele tu barro,
dejando que los cielos te lluevan
vistiéndote con las túnicas de sus colores.
Para lanzarse a la diversidad has de haberte
arrancado al individuo, te debes
convertir en el actor que interprete
tus múltiples y distintos rostros.
Abandonar la unidad e instalarte, diseminado,
(terrible apuesta), en los infinitos puntos
en que la lucidez oficia la dispersión.

De Manual de fingimientos (2008)




El fulgor de las sombras

En el nadir de las celosías
del firmamento, entre las sombras,
se adivina un pálido fulgor.
No es el último fugitivo apogeo,
testigo del auge de reinos
crepusculares, refulgente estandarte
de provisionales mensajes irisados,
efímeros y perecederos,
como la brisa acabada de unos ojos.

En el vasto e intangible dominio,
claros octaedros de plata,
como diamantes de luz,
coronan túmulos estériles,
mientras frentes como brasas
resplandecen en la penumbra
hechizada por lejanías huidizas.
Catafalcos provocadores
incitan a los vivos en el cónclave
de una danza circular,
ofreciéndoles sus acogedores
lechos de mármol para
celebrar epitalamios de siglos.

Lo oculto, lo misterioso y mágico,
ofrece un desafío de raídas tinieblas
al conocimiento de la claridad,
que se debate oscilante
entre los abisales mares callados
en su impenetrable azul,
y los perfumes ambarinos
traídos por los remotos vientos
desde la frontera del universo.

Entre destellos de jirones,
las polvorientas terracotas
escoltan un cortejo subterráneo,
surgido del légamo de los pantanos,
que se aproxima al encuentro
del hierofante que salmodia
versos de una letanía pronunciada
en el limo de la verdad sin voz,
ocultador de los textos escritos
con el léxico dormido en el exilio
de un diccionario sin alfabeto.

Mientras, fértiles vermes horadan
el humus, excavando galerías
de direcciones confusas,
sinuosos ofidios besan amorosamente
vientres viscosos y blandos,
alacranes de nácar brillante
murmullan cantos de acogida,
y los voraces insectos roen
osamentas abandonadas a su suerte.

Las agujas de hielo iluminan
cimas de bruñidos yelmos,
ponen opacas notas resbaladizas
en el hierro de las celadas
que coronan los lúcidos cráneos
de los últimos caballeros,
sabedores de su extinta estirpe,
anunciando la futura pátina
de las armas combatientes.

Mentirosos poliedros curvos
vagan por caminos del abismo;
los esmaltes metálicos de
las empuñaduras de los látigos
rielan antes de la descarga
de los crueles brazos de sus dueños;
talladas bifaces eclipsan
con su opacidad un rutilante
centelleo de sus pulidas facetas;
los transparentes vidrios
de los relojes se pierden
en el incesante fluir de su arena.

Hay reptiles de luminosas escamas
que armonizan cantos en
el borde sin lindes de los bosques;
caracoles húmedos copulan
consigo mismos en hoteles de luna;
las pupilas dilatadas y febriles
asestan rayos de rencor
a la densa alma de la noche.

Un minúsculo aleph acusa
a los triángulos de la prepotencia
en su venalidad cegadora.
Un brillo de metales se hace
sal que comulga en atrevimiento
con las fúlgidas espadas
de la historia de los muertos;
y los cristales minerales espejean
en la cansada constelación,
abriendo paso al impetuoso
y fugaz fulgor de las sombras.

 De Insistir en la noche (2010)





Desideratum

La flor y el fruto
huelen y saben
y son dones al
aire en la mano.

Qué tristeza de
color y canto
encerrados en
la ley del verso.

El beso y la piel
son temblores que
abren  jardines
de luz y dicha.

Qué penoso fin
es huir del pulso
y así morir
en el sintagma.



De Mapa del laberinto (2011)

1 comentario:

The Night Stalker (Fernando López Guisado) dijo...

Muchas gracias por la mención. Fenomenal los poemas.