sábado, 12 de julio de 2014

ANTONIO FLORES HERRERA



Mencionado por:
Menciona a:
José Luís García Clavero
Antonio Monterroso
Soledad Zurera
Catalina Jaén
Manuel Ortas
Antonio Varo Baena



Bio-bibliografía

Antonio Flores Herrera, granadino (cordobés de adopción), de padre onubense, madre jienense, bisabuelo  italiano y bisabuela cubana, aboga lógicamente por el mestizaje, frente a la pureza de las cosas.
Ingeniero Técnico Industrial y Licenciado en Filosofía Pura por la Universidad de Sevilla, acabó no ejerciendo ni de lo uno, ni de lo otro.
Su vocación poética le ha llevado a congresos, lecturas, jurados, certámenes... y todo aquello que cada vez considera más, la antítesis de la poesía.
Ama el misterio  del gato, la pluma de Quevedo,  el genio de Charlot, la luz de María Zambrano,  la garganta de Camarón y el regate de Messi.
Ha publicado en textos poéticos:
Regreso de las Sombras, El vuelo de Ícaro, Diccionario del vino, Partitura flamenca, Paradojas, Retazos del pasado, Cero a la izquierda,  A  la deriva,  De Rerum Natura y Dafne o la evasión del amor.



Poética

Poíesis (la poesía) es, ha sido y será siempre, un hacer con palabras. Un modo – igual que otro cualquiera – de obrar en las cosas; tan igual como el del artesano del barro, de la madera o del metal. Poietés (el poeta), utiliza las palabras como herramienta, y el resultado, tà poiémata (los poemas) son algo muy distinto de ellas. También la vasija es algo distinto del lodo con que está hecha, y un galeón no es sólo madera; como tampoco una casa es ladrillo sobre ladrillo.  Pero la poesía es siempre suspecta, porque en el fondo, lo que más profundamente pone de manifiesto, es el fracaso de la comunicación humana por la vía del lenguaje. Su “estado natural” es el soliloquio; jamás el coloquio. Porque poesía es soledad, refugio, morada del “yo”. Su necesidad es consecuencia del vacío que provocan en el hombre, las limitaciones de la locución.Y si de poesía no se puede hablar pero su necesidad es manifiesta, lo mejor será callar y esperar a que aparezca.  




Poemas


Parece, mar, que luchas 
                                               -¡oh desorden sin fin, hierro incesante!-
                                               por encontrarte o porque yo te encuentre.
Juan R. Jiménez
                                               (Diario de un poeta recién casado)  
           

Llevo tu corazón en mi equipaje,
caliente aún, bajo la losa del tiempo
que no cesa, mientras el fin del mar
te espera embravecido, para depositar
tu eterno amor con las estrellas.

Brotaron margaritas en tus dedos
aquel hermoso día
y fueron las espinas de la rosa
grilletes en mis puños,
que solo los alisios de aquel cabo
pudieron liberar,
para ceñirme al sol de tus caderas.

Vuelve allí: donde la tierra se inclina
ante el inmenso azul que sobrecoge
esa piel de las rocas persistentes,
y mécete en la balsa de aquel sueño
que yo,
sin brújula ni norte,
vendré para buscarte.

Pues la espuma que limpia ha de cubrir
la seda de tus manos,
me anunciará oscilante
que el faro es tu remanso.

                                                     ( Del texto inédito Testimonio)





                                                             a M.C.
No hay nada que decir, ya todo ha muerto,
tiramos por la borda hasta lo vivo,
huyendo uno del otro; un fugitivo,
que cruza la frontera del desierto.

Vivimos muchos años a cubierto
en tanto el corazón se hizo cautivo
del gozo y la pasión, tal vez motivo
de hacer que cultiváramos el huerto.

El huerto dio su fruto. Se secó;
no hay nada que ya brote entre el follaje
hicimos por la vida un largo viaje;

el tren que nos llevaba se paró;
el tiempo nos dirá, quien en peaje,
pago mayor tributo en equipaje.

                                                           (Inédito)





                                                                                                           …
triunfará del olvido tu hermosura
                                                           Francisco de Quevedo y Villegas


La pálida luz que envuelve la muralla,
dicta su sentencia inexorable
bajo el imperio de los faroles,
y nuestro tiempo tan errante,
no pudo aprender aún
a cincelarnos la mirada.
Es pronto, amor, todavía
y ya el crepúsculo de Córdoba
peina tus sienes de plata adolescente.
Hay laurel en los balcones
y, ebrios los naranjos, quiebran sus brazos
tras la estela que derrama
tu sombra de hermosa muchacha.

Sí. Cada ciudad huele distinta.

Mas si los cuerpos se obstinan en ser roca
y tus ojos no columpian
su esplendor sobre los míos;
si nuestro sueño se esfumó
como la niebla de Diciembre
y tu boca de topacio
fue tan sólo un cataclismo
que arrasó la tibia noche de oropéndola,
¿A qué el aroma milenario de estos frisos
cuando los labios no den más miel
y no pueda lamer este latiente corazón
el sabor a mar de tu saliva? 

(Del texto DAFNE o la evasión del amor, Detorres Editores, 2014)