martes, 1 de diciembre de 2015

FERNANDO SORIANO BENSUSAN

















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Bio-bibliografía

Fernando Soriano Bensusan, (Granada, España. 1966). Pasó cinco años entre las facultades de Letras y de Biblioteconomía. En esta conoció a un gran hombre y poeta, Enrique Molina Campos. Trabó amistad, breve, pero intensa, hasta su fallecimiento. Lo considera su maestro, y un ser excepcional en el mundo de las letras granadinas. Participa en la tertulia Rascamán, dirigida por el poeta Javier Díaz Gil, desde Madrid. Desde octubre de 2011 a junio de 2014, coordinó y presentó los Encuentros Literarios junto al poeta Juan Peregrina Martín.



Poética

añadir masa (masa
misma de vivir) a este
cuerpo solar deshabitado
hasta que carne
y cante hasta que piedra
pulida rodada por
al mundo escancie el cuento
de cuanto ha sucedido

la masa misma de decir

(de Centros de curvatura, Melilla, Geepp Ediciones, 2014)




Poemas



tirar
ciego
de este
reflejo
donde no hay lluvia
ni las magnolias son
color de hueso
extraer
en esta luz sin luz
el día
el azogue nuevo
el cegador relieve
la crujiente
hojarasca
de esta sombra
tirar de lluvia
y oír
para decir que sí
(donde no hay)
que la lluvia oyes
y te empapa
desde su (de antaño)
abismo:
levantarlo
del polvo
descubrir quién teje

(de Centros de curvatura, Melilla, Geepp Ediciones, 2014)




Mil gatos y diez mil golondrinas

   La mirada da a las palabras la dirección –el sentido. Tu mirada es el ámbar tallado en el país de lo invisible. Desde cada una de tus palabras mira tu ojo el tatuaje ajado del palimpsesto, la levísima sombra de sirena en la inmensidad inmiscible. Poema sin párpados, sin pestañas, siempre despierto: el espejo enterrado en la arena. El pensamiento amasa lo indecible, coloca en tus pestañas arrecifes de soles. Así, da la mirada carne al nervio y sangre a la vena endurecidos en el mármol. El grito abre la grieta hasta el tuétano. Con mano de marfil un pájaro galopa en tus pupilas. Estás sentado en el suelo del relámpago.



Ese ser color de la luz que se colaba por los resquicios

   Había que lavar la lluvia, llevarla al llano en llamas, purificarla en fuego de pedernal. Había que darle unturas con sus lodos, enseñarle la carroña enterrada en su barro, lo que queda de los besos en las bocas (el muchacho me agarró, yo cerré los ojos).
   Había que lavar la lluvia. Lo dijo la palabra abriendo las alas con su tez de tiza bajo la lluvia. ¡Sumergidla en las mazurcas de Chopin! Gritaba la turba. ¡Arrastradla por la innovación radical de Schoenberg! Reclamaba la caterva. ¡Arañadla con los pianos preparados de Cage! Requerían en tropel.
   Había obligación. Había deber. Había responsabilidad. Y la frotaron contra las llábanas, dejaron que las raicillas del aguafuerte la mordieran. La estrujaron atándola a los bueyes, la secaron al sol y tintaron en Tánger sus jirones. Había, había, había, ...

   Hoy el verde amarillea curvo sobre la piedra.